sábado, 14 de marzo de 2009

La hendidura en la Roca

Cómo ver a Dios en los momentos más oscuros

Uno de los himnos que nos gusta cantar es el clásico “¡Oh, qué Salvador!”, escrito por la renombrada Fanny J. Crosby. 
El coro dice:

“Me escondo en la Roca que es Cristo, el Señor
Y allí nada ya temeré;
Me escondo en la Roca, que es mi Salvador,
Y en él siempre confiaré.”*

Aparentemente, la autora se inspiró en la experiencia de Moisés en el Sinaí, según se relata en el libro de Éxodo. En mi caso particular, no entendía del todo la letra de este himno. Entonces decidí tomar una vieja, amada y ya gastada Biblia que heredé de mi fallecido padre y, con la ayuda de la Concordancia Strong de la Biblia realicé una exégesis de la 
narrativa de las Escrituras.

Me emocioné

El pasaje principal que se relaciona con este himno en particular se encuentra en Éxodo 33:21, 22:

“Luego dijo Jehová: Aquí hay un lugar junto a mí. Tú estarás sobre la peña, y cuando pase mi gloria, yo te podré en la hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado”.

Tengo que admitir que este pasaje produce un efecto asombroso sobre mí. A pesar de ello, creo que lo que se destaca del resto (al menos para mí) tiene que ver con la posibilidad de percibir “la gloria de Dios”.


Creo que “ver su gloria”
significa, en esencia, ser
perdonados y restaurados.


Las Escrituras revelan explícitamente que una de las maneras de conocer a Dios implica exponernos a sus caminos (Éxo. 33:13). La gloria de Dios es exhibida en su carácter. En Éxodo 33:18, Moisés le pidió a Dios que le mostrara su gloria. Entonces Dios le dijo: “Yo haré pasar toda mi bondad delante de tu rostro y pronunciaré el nombre de Jehová delante de ti, pues tengo misericordia del que quiero tener misericordia, y soy clemente con quien quiero ser clemente; pero no podrás ver mi rostro –añadió–, porque ningún hombre podrá verme y seguir viviendo” (Éxo. 33:19, 20). Y luego agregó Dios: “Aquí hay un lugar junto a mí. Tu estarás sobre la peña, y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado” (Éxo. 33: 21, 22).

Estos pasajes presentan a Dios como un ser misericordioso y justo. Éxodo 34:7 indica que el perdón cubre tres facetas de nuestra caída espiritual: la iniquidad, la transgresión (rebelión) y el pecado.

En hebreo, “iniquidad” (avon) significa apartarse de la verdad; “transgresión” (peshá) significa rebelión; y pecado (jatá) significa apartarse del camino. Todos estos términos presentan un contraste con el arrepentimiento (en hebreo: nojam, penitencia, pesar; y en griego: metanoia, cambio de mente, conversión).

Caída y restauración

Al reflexionar sobre esta maravillosa epifanía presenciada por Moisés, me di cuenta que conocer a Dios es proporcional a los beneficios de su bondad, que implican disfrutar de su gracia y misericordia infinitas. Él es paciente y compasivo con los que buscan arrepentimiento y renovación. Por otro lado, Dios no ignora la obstinación y temeridad de los malvados; ellos recibirán el castigo que se merecen. Es para nuestro bien por lo tanto, buscar su perdón infinito.
Pero, ¿qué significa realmente ser perdonado?

El Señor mismo revela que la caída espiritual de una persona pasa por al menos tres etapas. En la primera, la persona creyente o incrédula, mostrará la tendencia a apartarse de la voluntad de Dios o de cuestionar la validez y practicidad de las Escrituras. Como resultado, hará caso omiso de la suprema autoridad divina y, en esencia, vivirá en rebelión. Finalmente, será hallada culpable y llegará a estar más allá de toda redención, a menos que se produzca un quiebre en esta conducta descendente.

Si bien nuestro pasaje principal señala un fenómeno literal, podríamos extraer un significado simbólico. Por ejemplo, cuando resistimos conscientemente los ruegos de Dios, nuestros corazones pueden ser tan obstinados como el del faraón y duros como una roca (véase Éxo. 4:21; 7:3), pero cuando permitimos que Dios nos quite el corazón de piedra, entonces, a través de la hendidura, por así decirlo, podremos ver la gloria de Dios. Y creo que “ver su gloria” significa, en esencia, ser perdonados y restaurados.

En su benignidad, el Señor está siempre listo para interrumpir nuestra caída descendente, y las vidas de José y Moisés dan testimonio de esta clase de intervención milagrosa. En cierto momento de sus vidas, ambos estaban llenos de orgullo e impulsividad (véase Gén. 37:2-11; Éxo. 2:11, 12). Sin embargo, de manera misteriosa, Dios los transformó (Gén. 41:16; Éxo. 3:11), lo que se hizo evidente en los frutos que dieron sus vidas (Gén. 45:5; Deut. 33:3).

A pesar de ello, no todos experimentan arrepentimiento y conversión genuinos después de estar expuestos a la gloria de Dios. Al igual que José y Moisés, el faraón también era orgulloso e impulsivo (Éxo. 5:2-9). Dios también obró en él, y estuvo muy cerca de arrepentirse (Éxo. 12:31, 32). Desafortunadamente, después de ser testigo presencial de las maravillas de Dios, el orgullo del faraón lo volvió más obstinado aún (Éxo. 14:6-9).

Veamos su gloria

Deberíamos considerar nuestras creencias y motivos a la luz de la inspiración que recibimos de las Escrituras. Deberíamos retornar a la verdad si hemos sido tentados a dudar de la Palabra de Dios, y someternos plenamente a su autoridad en lugar de vivir meramente para nosotros mismos. Cuando lo hagamos, tendremos que permanecer en su presencia, a pesar de la atracción de los placeres mundanos y la influencia de la razón humana. Pero si de manera consciente y persistente nos resistimos frente al amor inquebrantable de Dios, sufriremos la consecuencia final de la separación de él: la muerte eterna.

Recordemos, sin embargo, que Dios no se complace en la muerte de los malvados (Eze. 33:11) sino que quiere rescatarnos si se lo permitimos. Los momentos más difíciles y de mayor desafío de nuestras vidas pueden hacer que lo conozcamos mejor. Como sucedió con José en la cárcel y Moisés en el desierto, las respuestas no serán fáciles. Pero hallaremos que las preguntas sin aparente respuesta nos guiarán providencialmente a escudriñar nuestra alma y, eventualmente, a la restauración.

Permitamos entonces que el Señor cubra nuestros rostros con su mano derecha. Y cuando pase a nuestro lado, podremos ver las terribles cicatrices de su espalda. Entonces, al mirar por “la hendidura de la roca”, veremos que esas cicatrices son una clara evidencia de su gloria.

* Himnario Adventista, No. 147.

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